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NI BLANCA NI RADIANTE (refutación de la página en blanco)
 
            En escuelas y cabarets, en bares y sociedades de fomento, en bibliotecas y estudios de televisión, en sobremesas navideñas y charlas debate la pregunta sobrevuela, aterriza y salpica (aunque ya no sorprende): ¿y vos, que vivís de 'eso', cómo hacés cuando no se te ocurre nada para escribir?. Entonces hay un silencio durante el cual el interrogador espera que uno le diga 'me pego un tiro', o algo así. De modo que yo llevo encima una carta -el simulacro de una carta, si quieren-, que he fotocopiado y entrego a cada preguntón como respuesta, para no andar con desmañadas o amañadas justificaciones.
            ¡Es que no creo en la amenaza de la página en blanco!; esa batalla no me desvela, y hasta me excita, pero hasta ahí: como podría excitar una mujer totalmente desnuda, es decir, menos que otra a medio vestir o desvestir, a punto de ser acariciada o que comienza a serlo, lo cual auspicia fogosidades mejores. Y ahí está la pelea que entusiasma y enardece: mi carta habla de esa situación. Del primer encontronazo con la página, cuando el autor se ha jugado la vida de la obra apoyándole la birome a la hojita virgen que (después del derramamiento de tinta) ya no es ni blanca ni radiante.
            Entonces, como a una novia, como a una futura ex, uno le escribe las cosas que siente cuando está con ella, o sobre ella. Dice, por ejemplo:

            Y pensar que hasta hace poco eras tan virgen como es posible en estos días: una página en blanco capaz de la frase perfecta, del párrafo ideal, del poema irreprochable.
            Y sentir que hasta no hace mucho hubieses podido abrigar el trazo fino con que comienza a dibujarse un paisaje irreal de tan verdadero, la escena cumbre de la mejor historia, el verso más profundo, una idea definitivamente luminosa o la mejor canción.
            Y ver que ya no sos más inocente, que tu piel blanca tiene las manchas, los olores y la textura de la vida, y muestra el mapa de un destino para que yo lo cumpla o no.
            Y escuchar tu silencio tembloroso, comprobarte ahí, tal vez incorregible, suspendida en una vacilación de presagio, despeinada en tachones, hurgándote la nariz de la desmemoria, parando la oreja del asombro, chasqueando la lengua de las dudas, tragando la saliva del deseo, temblando -como una hoja- por esta celebración vertical, tensa, inclaudicable, con que te penetré y me hiciste tuyo.
            Y saber, luego de haberme derramado a fondo, que ahora yo también soy menos virgen; asumir que nuestros rumbos irán separándose, que al final de esta fiesta no nos debemos nada, y tu destino es abandonarme por el primero que te ponga los ojos encima mientras yo me busco a otra que tenga menos arrugas y prometa nuevos márgenes de libertad (amor: con cada vuelta de hoja la vida recomienza).
            Y agradecer que me hayas abierto esas piernas alas generosas para que yo te dedique unos cuantos fervores, y ahora alumbres este torpe montoncito de frases que se parece un poco a mí.
 
 
 TORTURAR ES DIVINO (indignidad o indignación)
 
            Aún filmado desde arriba -donde está la cámara de seguridad del tren- el tipo parece alto. Se mueve con vigor y habla por un teléfono celular que lleva en la mano izquierda; va a sentarse en una butaca del vagón semivacío, enseguida se incorpora, gesticula y sigue hablando. En el coche hay una mujer y un poco más lejos otra persona que la cámara toma parcialmente: no lo miran. Ya se sabe que nadie mira a nadie en estos viajes anónimos por las entrañas de la ciudad. Los únicos que han de estar vigilando son los guardias, que gracias al circuito cerrado de TV acuden con presteza si algún vándalo intenta dañar las instalaciones del transporte español.
            De pronto el tipo, un fornido catalán de pelo corto y gesto difícil, mira a la mujer. Ella viaja sola en su asiento del lado de la ventanilla y todavía no lo advierte. Entonces, sin dejar de hablar por el móvil, mientras viene y va, él empieza a pegarle y le tira del pelo. Con la mano derecha, la que le deja libre el celular, mientras va y viene, la cámara muestra cómo este hombre alto, rubio, fuerte y joven le arroja golpes a la mujer, visiblemente morena, obviamente indefensa y nativa de uno de esos países que España rescató del primitivismo salvaje llevando la palabra de Dios Misericordioso (justamente es octubre, y los televisores del mundo hispánico anuncian la celebración del Día de la Raza). Pero Dios, que todo lo ve, no acude al vagón -igual que los guardias, hechos a su imagen y semejanza-.
            La otra persona ya es un testigo bastante cómplice: está a un par de butacas de donde el agresor prosigue a gusto con sus torturas, pero sólo atiende el paso de las publicidades por su ventanilla. Un poco después el hombre del teléfono -que no fue detenido al comienzo ni lo será ahora- va hacia la salida, como para bajarse. En ese instante parece recordar algo, vuelve junto al asiento de la mujer (que llora, doblada de dolor) y le acierta un puntapié en pleno rostro. Ahora sí: espera tranquilamente -educadamente- que le abran para salir del tren. Sin interrumpir su charla, sin despeinarse. En las puertas del vagón sólo falta uno de esos cartelitos de ‘Sonría: lo estamos filmando’. Enseguida le abren, y así el sujeto se pierde entre la multitud.
            Veinte días después esas imágenes se filtrarán a la prensa, y el episodio tomará estado público. Se realizará de inmediato una encuesta en todo el país, consultando a los ciudadanos españoles si consideran justo que el hombre del celular vaya a la cárcel. El video de la golpiza sigue repitiéndose en la tele y en la conciencia de la civilizada Europa: el rubio abandona el vagón y allí queda la mujer -cabellos negros desordenados, piel oscura que empieza a hincharse, lágrimas- y el testigo, con la cabeza gacha y los ojos clavados en su reloj de pulsera. ¿Somos esta basura o somos hijos del Señor? -la encuesta española andaba rozando el empate: perdonar es humano, torturar es divino-. ¿Qué tiene que suceder en esta sociedad para que su gente se indigne?   
          La película recomienza todos los días, y parece que no pasará nunca este momento de vejaciones donde una raza (toda la raza humana) es denigrada hasta la humillación.
  
 
  VÓMITO ('muestras de arte' y opinión pública)
 
            Dos encuestadoras montan guardia en la vereda para registrar las opiniones de la gente. Ya cae la noche, hace frío y el hombre que recién llega tiene miedo de entrar. Viste ropa de trabajo, lleva una gorra de la empresa de gas y una caja de herramientas. Lo llamaron para revisar las instalaciones, por un posible escape. Pasan dos viejitas y dejan la puerta entreabierta. El hombre comprueba que desde el interior no sale olor a gas. Entran cuatro adolescentes. Se va un fotógrafo, que saluda a las encuestadoras. El gasista aprovecha para espiar: no entiende bien lo que pasa allí pero decide que ha llegado en mal momento.
            Adentro, cubierta por una sábana color verde agua, se adivina la huesuda desnudez de una mujer inmóvil, pálida, que yace sobre una camilla de morgue. Lentamente empiezan a llegar más personas para reconocer el cuerpo: forman fila. A su turno cada uno levanta la sábana hasta donde se lo permite la timidez, el estupor o el morbo, y examina. Un médico vigila el proceso. Todos, por fin, murmuran cómo ella (muy breve, tan joven, casi viva) fue a dar ahí.
            El hombre de la caja de herramientas iba a escapar, pero un sujeto lo toma por el codo y le suplica que pase, porque se están congelando pero no encenderán la calefacción hasta que él revise todo y les asegure que no hay riesgo.
            La mujer desnuda en la camilla es la única que parece a gusto. No está muerta bajo esa sábana que todos bajan y suben, sino drogada con narcóticos para un simulacro, o como anuncian los folletos: para una “Instalación”. Aquel sitio tampoco es la morgue, sino una galería de arte. Y los que examinan el cuerpo, más que rueda de testigos son el público diverso y perverso convocado por el espectáculo de la muerte. La que se expone de esta forma es la guatemalteca Regina Galindo, quien ya había ganado notoriedad con el video de la reconstrucción quirúrgica de su himen. El médico que la vigila tampoco es forense sino su anestesista personal. Con semejante instalación, la mujer logra que todo el mundo reconozca su cuerpo (el de ella).
            Ahora el encargado le dice al gasista que revise si hay pérdidas de una buena vez, y desaparece entre el gentío. El trabajador mira a las personas que miran debajo de la sábana, y se apoya contra una columna inmovilizado por la perplejidad. Otra vez está por irse, respira hondo, evita acercarse a la camilla de hierro, pero cuando va hacia la puerta las dos viejitas que vio en la entrada le ofrecen vino en un vaso de plástico, y preguntan si necesita algo. Vengo a revisar la instalación, contesta él, tocándose con el índice el logotipo de la empresa de gas en la visera. Las mujeres le sonríen, muerden unos canapés de ricota, dicen por supuesto, la instalación, y lo empujan tiernamente hasta el último lugar en la fila de mirones.
            Diez minutos después, apoyado en un árbol, el hombre vomita con énfasis y olor a vino barato. Un líquido viscoso, amarillento con grumos rosados, anega la vereda, ensucia la caja de herramientas y salpica el tobillo de una de las encuestadoras. Las dos chicas se apartan mirando esa mueca de asco rabioso, casi metafísico en la cara del hombre. Adivinan que es un espectador involuntario, y descartan apuntar su gesto como opinión del público.
 
Los tres textos precedentes se publicaron en el libro 'Pasiones sin retorno'. 
 
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