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                              CARTÓN PINTADO
                             (el día en que no conocí a Bradbury)          
           
             Es Buenos Aires en mayo, durante la Feria Internacional del Libro. Estoy en el predio de La Rural, desacelerando pulsaciones luego de ofrecer una charla, leer dos cuentos y firmar algunos ejemplares. Es sábado, son las seis de la tarde, la gente agobia las calles internas y yo busco la salida en procura de una mesita y un trago.
            Cerca de la puerta, desde un stand sonríe el escritor Ray Brádbury en una gigantografía de cartón. La marea humana me arrastra; va a ser engorroso pedir detalles de lo que hará aquí este hombre nacido en Illinois en 1920, el mismo que me desveló la fantasía y la escritura cuando yo andaba por los doce años. Tan cerca y tan lejos, los maestros, siempre (camino y pienso).
 
 
            Unos metros después la gente aplaude. No es el tono con que saludan el paso de cualquier gurú en sus cinco minutos de fama. Este aplauso es cálido, agradecido, casi reverencial. Entra en la Feria del Libro don Ernesto Sábato, que no tiene gigantografías para anunciarse pero es un gran hombre a todas luces.     
            A tres minutos de abandonar la sala Lugones, donde ofrecí mi charla, ya soy uno cualquierra del millón y medio de seres anónimos que arrastran su fatiga por las alfombras de la Feria. Empujo una puerta.
            La bocanada de aire fresco me despeja los sentidos.
            Afuera las multinacionales de cerveza y gaseosas han plantado enormes vehículos-barra, pero no hay una mesa ni una silla libre. Las luces de los reflectores caen sobre las sombrillitas y se van encendiendo las carteleras de las editoriales, que anuncian, también, a cielo abierto.
            Será una noche fresca y apacible. Antes de tomarme el subte en Plaza Italia, volver al hotel para una ducha y salir a festejar con amigos por Corrientes, necesito agasajarme con media hora de silencio.
            Espero en la fila de un puesto de comida rápida, compro un sándwich y una lata de cerveza que me cobran como una cena en Puerto Madero, y ya que no hay dónde sentarse, me llego hasta las graderías desiertas de la Sociedad Rural. Buscaré mi ratito de calma allí donde más de un presidente fue abucheado al abrir la muestra de Palermo.
            Ahora las tribunas están casi a oscuras, alumbradas con la luz residual de la Feria que bulle a su costado. Me siento en un palco, empino la cerveza, disfruto el sándwich, y apoyo el cuerpo contra una baranda de hierro despintada de verde, mirando el panorama que se extiende abajo. Entonces ocurre.
            En la callecita que bordea las gradas estaciona un auto y bajan cuatro hombres. Uno es gordo y canoso, viste traje gris, camisa celeste y corbata azul, abraza unos papeles y si no fuera por su corpulencia se diría que es llevado en vilo por los otros, todos de traje oscuro y paso veloz.
            Estoy unos cuantos escalones sobre esa comitiva; me incorporo, inclinándome sobre la baranda para curiosear mejor. Cuando están debajo de mí, el hombre gordo levanta la vista y se detiene. Es Ray Bradbury. No puedo escucharlo pero lo veo respirar con agitación. El único gesto que me sale es sonreírle y levantar mi latita en un brindis amistoso, que ese escritor que admiré siempre me retribuye con gesto afable, inclinando la cabeza (si suelta los papeles se los llevará el viento, o los van a pisar esos tipos que lo acompañan).
 
 
            Nos miramos durante unos segundos, yo con esta soledad casi bucólica y mi cerveza fría, y el viejo Ray a los apurones pero impecable en su merecida gloria. Los dos debimos pensar lo mismo: “¡Qué envidia debe tenerme este tipo!”. Porque es así: los escritores básicamente queremos escribir. Eso a veces nos lleva a lugares amables donde la vida es halagadora. Lo disfrutamos, pero después la cosa se pone apremiante, un poco incómoda, y si hacemos esas piruetas sociales es sólo para juntar unos billetes, comprar tiempo y volver a escribir en paz: nos gusta recobrar el silencio, buscar papel y lápiz, teclado y monitor, los viejos libros, un buen rincón donde reconstruir la soledad y ver crecer esas pilas de borradores que nos justifican.
            Pero ahora tengo a Ray Bradbury a pocos metros, como si fuera un tío aventurero que vuelve a casa desbordante de historias. Si bajo ya mismo quedaremos cara a cara. Siento que podríamos traducir nuestro saludo en un abrazo y algunas palabras, decirle gracias o algo en mal inglés, pero recupero esta verdad esencial: a los escritores es mejor leernos que encontrarnos.       
            Y allá se va el prócer de la Ciencia Ficción romántica de los 60, un ícono de mi adolescencia literaria que no arruinaré tratando de perseguir.
            Se nace, se escribe y se muere en soledad.
            En el camino alguien te lee, y eso es la vida.    
            Lo demás es cartón pintado.

Edgardo Epherra. Publicado en la Revista Sobre Vuelos.

 

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