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SU PLAN A MI ANTOJO
            Si una cosa me molesta es que vengan a interrumpir cuando estoy sumergido en mi trabajo. Y espero que esta mañana eso no suceda, porque se me ocurrió un cuento.
            Es algo a primera vista muy común: simplemente un asesinato. Dos hermanos, Laura y Nicolás, deciden matar a un hombre. Así empieza todo.
            Me apasiona ganarle espacios al blanco ciego y mudo de la hoja, dibujar el carácter de Nico y el de Laura, su plan a mi antojo, el formidable cambio que esa acción puede imprimir en sus vidas grises.
            Entonces tomo las primeras decisiones. Disfruto mientras miran los relojes y sienten llegar la hora del miedo unánime, cuando estén ahí, frente a la víctima (paréntesis: buscar un sinónimo para unánime, palabra que Borges ya escribió para siempre) (refutación del paréntesis: creo que Borges advirtió sobre la inexistencia de los sinónimos).
            Voy a echar a la calle a mis protagonistas (los que primero agonizan) y haré que tiemblen, muertos de frío y ansiedad; puedo agregar un poco de niebla y de silencio a tanta angustia, describir sus rostros y sus almas, o solamente sus actos, para que tengan tantos rostros y almas como lectores su historia. Puedo hacer con ellos lo que quiera. Incluso arrinconarlos y hablarles cara a cara.
 
            Vamos, Laura: ya te llega el momento de la acción. Estás lista, abierta en mi mente como una mariposa repentina y perpleja que va a ser clavada en frases. No llegues tarde al encuentro con tu hermano. Apagaste todas las luces y diste dos vueltas a la llave en la puerta de tu departamento. Afuera, vestida de ridículo impermeable y anteojos oscuros, de sombrero, de dudas, de palidez, vas pensando que no hay márgenes para el error. Nico te está esperando (parecidos anteojos, abrigo de otra época) con el arma entre sus ropas: el juguete implacable y metálico vuelve y revuelve en tu imaginación. Porque ustedes dos van a matar a ese tipo, ¿no, Laura? Habrá gritos, un balazo, mucha sangre. Sangre y tripas de verdad.
 
            Bueno: la hermana está en orden. Laurita me sirvió para sugerir el conflicto del cuento; la presenté, y ya marcha a enfrentar el minuto decisivo. Un trago de whisky me anima a entrar en el alma de Nicolás, para seguir tensando la cuerda desde allí. Pero a él no le hablo como hice con Laura. Elijo escuchar su voz más íntima, mientras espera en una esquina insospechable. Y va el sordo monólogo:
 
            Se muere, hoy se muere como un perro. Pasó todos los límites, me ha humillado y ahora quiere meterse con mi hermana. El cretino debe pensar que no tengo sentimientos, que mi paciencia es infinita, pero dentro de un rato sabrá quiénes somos. Pienso en mi mujer y en los chicos. ¿Qué pasará con ellos si termino en la cárcel? Laura tarda mucho en venir. Siento el peso metálico de esta cosa en el bolsillo y tomo conciencia de que voy a tener que usarla; mirar al desgraciado a los ojos y decirle o no decirle lo que adivinará de todas formas cuando abra la puerta de su casa, oiga el ‘click’, vea mi mano con el arma, suene el tiro y se derrumbe para siempre. ¿Será así de fácil? Por fin llega mi hermana. La tomo del brazo diciéndole que todo va a salir bien, pongo un beso helado en su mejilla y subimos a un taxi.
 
            Promesas, amenazas. Se viene el clímax del cuento, y mis personajes resisten el peso de la tensión dramática bastante bien. Dejo el Whisky. Ahora un café negro me abre los ojos: veo a Laura muerta de miedo, a Nicolás muerto de odio, ambos con sus muertes que transferir al cuerpo de un hombre que espera en alguna parte de la ciudad para quitarles ese peso de encima. Los dos hermanos son como ratas de laboratorio que pueden estimularse, entorpecerse, inmovilizarse y empujarse de nuevo a la exasperación. Mi trama es un laberinto de paredes altas y senderos angostos, y ellos ya no pueden hacer otra cosa que avanzar. Entonces no les hablo, no los escucho. Miro desde arriba, todopoderoso y omnisciente.
 
            Pagan el taxi; salen otra vez a la mañana que bulle. Nadie parece notar su existencia y eso los tranquiliza. Llegan al edificio. Entran, detrás de una viejita con bolsas de compras. El hombre que quieren matar vive en el tercer piso: los hermanos suben por la escalera, más cómoda que el ascensor con su posibilidad de inquilinos y de espejos. Entonces se miran. Por primera vez se ven las caras del insomnio y de las dudas, y sin embargo los ojos de Laura y de Nicolás dicen que han sido demasiadas cosas, que el juego llega a su fin. Ella llama a la puerta de madera lustrada, y él saca del abrigo ese viejo revólver que nunca imaginó necesitar.
 
 
            Confieso que me gusta ver sufrir a los personajes. Es bastante sádico, pero inevitable: son los actores del drama. Y vienen actuando bien, Laura y Nico. Ahora la atmósfera está muy cargada, el suspenso ya no se puede prolongar, y esto tiene que desencadenarse. Así que me pongo a imaginar cómo remataré la historia. Aquí necesito -más que nunca- máxima concentración. Y si hay algo que me molesta es que vengan a interrumpirme cuando estoy sumergido en mi trabajo. Los escritores vivimos rodeados de gente que nos reclama para cualquier cosa en momentos inoportunos, sin entender el daño que pueden hacerle a una buena historia. Ha sonado el timbre. Era demasiada tranquilidad. Abandono la silla sin soltar los papeles, procurando retener las imágenes del bello asesinato que preparaban Laura y Nico en mi ficción. Abro la puerta presintiendo la amarga bocanada de vida real que vendrá desde el pasillo: los Testigos de Jehová, el administrador del Consorcio, la tía Gladis, y me asomo dispuesto a ensayar un amable corte a quien sea. Cuando levanto la vista, una mujer y un hombre con anteojos oscuros y aspecto de ratas asustadas me miran fijamente.
 
            Fueron cinco minutos, o una vida. Abandonamos por fin el edificio, apenas entornada la puerta del departamento, tras la cual el jodido maniático se desangra. Los dos lo miramos a los ojos, los dos le regalamos el odio de nuestro silencio por unos segundos, y enseguida hicimos fuego, cada quien a su turno y con la misma pistola, como en una especie de ritual. Por fin pateamos el cadáver hasta esconderlo detrás de la puerta, le arrebatamos el manuscrito que escribía y corrimos por el pasillo desierto en busca del ascensor. Ahora el aire es más limpio. Nos espera la cárcel, o una vida feliz con nuestras familias. En todo caso será una trama que vamos a continuar más allá de su torcido antojo, sin vacilaciones caprichosas, correcciones arbitrarias ni perversos manoseos. Nosotros dos, solos, hasta la última línea de esta historia.
 
Edgardo Epherra, del libro 'La impura verdad'.
(ilustración: escultura de Rafael Martín)
 
 
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